Avatar 2, Mucha espera para tan pocas nueces
Y es que Avatar, the way of water es más un remake que una secuela. Vivimos en un mundo en el que el cine y la literatura están sometidos a los dictámenes de los empresarios. Y los empresarios no piensan en el arte, sino en el negocio, en hacer dinero. Por eso esta segunda parte de Avatar es tan parecida a la primera, porque el principal interés es repetir el éxito: de nuevo tienen que enseñarnos Pandora (esta vez el mundo submarino); otra vez los humanos son los enemigos de los Navy, pero hay una falta tan grande de imaginación que han tenido que repetir incluso el villano, lo cual es mucho decir teniendo en cuenta que el malo malísimo de la primera entrega murió entonces.
Es cierto que el cine está en crisis, porque ya casi nadie va a las salas en la era de las plataformas. Por eso este arte está tratando de adaptarse y evolucionar. Para ello se necesitan historias grandiosas y épicas que hagan vibrar en sus asientos a los espectadores. Lo malo es que las dos primeras horas de Avatar 2 son un publireportaje sobre el mundo acuático que nos quieren presentar y sobre los muchos cambios que se han producido en la familia Sully. Y es que si en la primera parte nos encontrábamos con una intensa historia de amor y de lucha contra los invasores; ahora nos encontramos con una familia numerosa. Pasamos de algo trepidante a una historia de adolescentes, y es bastante complicado rodar una película épica (no olvidemos que se trata, al fin y al cabo, de un western) cuando los protagonistas son niños quejosos porque no quieren obedecer a sus padres.
A la falta de enganche de más o menos todo el metraje, hay que sumarle las incoherencias que se sufren. Da la sensación de que la cinta era más larga y la han tenido que acortar, para no hacer inviable sus ya más de tres horas de duración. Por eso ocurren cosas extrañas, como que en la batalla final en la que todo el pueblo Navy ataca al barco de los invasores, de pronto la familia Sully está totalmente sola (sin que se haya visto una retirada por parte de los aliados ni justificación alguna). Quizá las escenas eliminadas también expliquen la relación paterno-filial entre el archienemigo de la saga y Spider, uno de los hijos adoptivos de los Sully: no se entiende bien ese vínculo ni por qué él se mantiene tan fiel a su familia azul cuando la madre adoptiva lo repudia y no mueven ni un dedo por recuperarlo tras ser capturado por los invasores. Y es que todo ocurre lentamente en la película (rozando lo aburrido) hasta que de pronto suceden cosas que se cuentan en unos pocos planos (la invasión de los humanos, el abandono del bosque y de Spider...). Eso por no hablar de la violencia tan dura de la última hora, que convierte este producto blanco en no apto para menores (la batalla final es espeluznante y al mismo tiempo está suavizada, pues presenciamos escenas como que amputen un brazo a un humano y no eche ni gota de sangre).
En fin, que faltan tres entregas más y James Cameron debe de pensar que tiene tiempo de enmendar la historia de Pandora, que, por cierto, lo merece. Pero por favor, con lo mal que viven los escritores, no se olviden de contratar a un buen equipo de guionistas que nos hagan vibrar en las próximas entregas.
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